AUTOBIOGRAFÍA COMO LECTORA
Pensar en los inicios de cada un@
con la lectura nos traslada inevitablemente a la infancia y, sin dudarlo un
momento, tod@s imaginaremos lo mismo: a una niña o niño en su cama, escuchando
la lectura de algún cuento infantil en la voz de alguno de sus padres
(probablemente, la madre). Incluso yo pensaba que mi historia comenzaba así; sin
embargo, cuando quise redactar aquel recuerdo, me quedé sin palabras, me di
cuenta de que aquello del cuento antes de dormir era uno más de los clichés
impuestos por las series de TV o los dibujos animados, probablemente. Pero de
cuentos en la cama; en mi caso, nada.
Los cuentos no faltaron en mi
infancia, sin embargo, más que leídos fueron relatados. Hasta que un día…
Tendría unos cuatro años, cuando llegó mi abuela con un gran libro, grande,
inmenso, para mi hermano y para mí, de unos 50 cm por 30 cm. Nos lo presentó mi
abuela así: “Esta es la Biblia para los niños”. La respuesta fue un “ahhh”, por
supuesto, de total desconcierto. De modo que nos leyeron este tipo de textos
que al crecer catalogaría como mitológicos, pero que de chica lograron
entretenerme mucho.
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| La familia y el comienzo de todo |
Me llamaban más la atención, unos
libros mucho más grandes que aquel anterior. Eran los que estaban en la mesa
del comedor, donde estudiaba mi tía. Yo vivía en una de esas casas que
reflejaban la vida en los ’80, muy al estilo de la serie “Cuéntame cómo pasó”: una
casa, la de mis abuelos, tres generaciones. Mi tía estaba a punto de ser la
primera en colgar un título universitario en la casa… y yo fascinada, cada vez
que me dejaban compartir la mesa de estudio y jugar a leer aquellos libros.
Hasta aquí, no había decodificado ni una letra, pero contaba con la certeza de
que en los libros pasaban cosas.
Y empecé la primaria, recuerdo lo
que me costaba juntar sonidos, recordar qué grafía se correspondía con qué
sonido. Pasó el tiempo y comenzaron los cuentos de manuales, me los leí a
todos. En 7mo grado, nos hablaron de “El diario de Ana Frank”, me lo prestó una
compañera que lo llevó a la escuela y me lo devoré en muy pocos días. El
problema es que no había libros en mi casa (en la nueva, ya a mediados de los
’90 nos habíamos ido de la casa de mis abuelos), así que volví al nido, le
pregunté a mi abuela si no tenía algún libro que me prestara y me regaló una
biblioteca chica con unos 15 libros: “Los árboles mueren de pie”, “La tercera
palabra”, “La casa de los espíritus”, “Reglas del vóley”, entre otros, eran los
títulos que me acompañaron durante algunos años y un par de novelas de Corin Tellado.
El secundario vino acompañado por
las Hermanas de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, ergo: los clásicos.
Sobre todo españoles medievales y del Siglo de oro, en cuarto y quinto se puso
más de mi gusto: Laura Esquivel, Antonio Skármeta, Pablo Neruda, García
Márquez, “El Matadero”, el “Martín Fierro” y algunos más. Pero tercer año fue
inolvidable: recuerdo a la profe que en cuanto nos presentó el programa y nos
puso al tanto de que el 85% era de Lengua, casi en secreto nos dijo que todos
los viernes ella traería Literatura, pero que no le dijéramos nada a la Hermana
Elvira (esto no lo entendimos hasta diciembre de ese año, cuando supimos que la
habían echado, no sé si por lo de las lecturas, porque era lesbiana o por las
dos cosas). Cada viernes, en secreto, leíamos a Benedetti, a Alfonsina, a la
Pizarnik y cada tanto algún que otro cuento de Cortázar.
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| La pequeña Julia |
Entré a la Universidad, tenía una
biblioteca para sacar el libro que quisiera y con ella, las amistades y los
gustos literarios compartidos. Después de cansarme de leer a Benedetti y a
Neruda, me encontré con Galeano, Bukowski, Arlt, Kafka, Tolstoi, Puig y un
camino que no termina. Con Literatura Argentina II tomé conciencia de la
cantidad de poetas que existían fuera de Buenos Aires y empecé a mirar hacia
adentro y me emocioné reconociendo acequias y jarillas en Bufano y en Tejada
Gómez, y estos provocaron la apertura para con los poetas mendocinos contemporáneos.
Hoy tengo dos hijos, trabajo,
estudio, leo menos a mis autores favoritos pero me hago el rato cada noche para
leerle a Julia, unas veces en formato papel y otras, digital, todos los cuentos
que me faltaron antes de ir a dormir.




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